Para no morir de hambre en España

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Nada mejor para provocar reflexiones dinámicas sobre el español que visitar otro país hispanohablante.  No sólo descubrimos palabras nuevas para realidades nuevas, sino también significados nuevos para nuestras palabras más comunes... 

Para medir nuestra agilidad lingüística ante tales re-parcelaciones de nuestro diccionario mental, no hay mejor sitio –al menos en España– que las cafeterías.

La primera pregunta lanzada por un camarero español puede ser: “¿Qué le pongo?”.  “¿Qué me pone dónde?”, uno cavila, antes de entender que le está tomando la orden.  Espabilándose rapidito, uno contesta: “Póngame... un café”.  Claro, los más arrojados podrían pedir un carajillo –café negro con algún alcohol fuerte–, y los más dulceros, un bombón, que es café con leche condensada. 

Se nos podría antojar también un juguito de china, pero cuidado con pedirlo así, porque entonces la mirada perdida vendría del camarero.  Mejor sería decir “zumo de naranja”, aunque se empieza a entender “jugo”, por la presencia latinoamericana.  De todos modos, recuerden que china, reducción de “naranja china o de la China” (país de donde es originaria esta especie), se limita a Puerto Rico y algunos países caribeños.  (El destino de mandarina fue diferente; esta palabra, que también alude a la China, ha triunfado en el español general). 

“Superada la primera prueba”, pensamos satisfechos, cuando el camarero arremete con: “Y para tomar?”, y nos quedamos lelos: 

―Bueno, para tomar... el café... y el zumo...

―Sí, pero ¿para tomar? 

―Pues... ¿agua?

―Sí, ya. Para tomar.

Lo anterior puede repetirse ad infinitum, si no se articula oportunamente algún sinónimo o paráfrasis, o si no se nos prende el bombillo lingüístico.  Ocurre que tomar en España significa comer, además de beber. 

Si empezamos a hablar de comer, o de menús, pueden suscitarse otras confusiones, como la siguiente, continuando el diálogo anterior:

―Ah, para comer, pues...

―No, la comida es desde las 2:00.

―¿Entonces no se puede comer antes?

―Sí, pero de lo que tengamos ahora.

―Pues deme un menú.

―No, el menú es para la comida.

―Y ¿qué es aquello que leen esos señores?

―La carta.

―Ah, cará, pues páseme una carta entonces...

En España, comer, además de su sentido general, equivale a nuestro almorzar, y comida a nuestro almuerzo.  Por otro lado, el menú es una serie de platos fijos, con precio fijo, que se sirve en el almuerzo y varía cada día.  La carta es nuestro menú, o sea, la relación escrita de las ofertas.

Pero si la comida es el almuerzo, ¿qué se come por la noche?  Pues la cena.  Ya se imaginarán las confusiones que nos puede crear hacer una cita con alguien para la comida.  Después del primer plantón involuntario, uno adapta su vocabulario.

Bueno, está bien, porque sólo queríamos desayunar. Si las mallorcas del mostrador nos estaban haciendo recordar La Bombonera en el viejo San Juan, tendríamos que pedir una ensaimada, que es palabra del catalán hablado en la isla de Mallorca –interesante conexión que podría explicar nuestro nombre para ese rico bollo espiral–. 

Si pensábamos desayunar liviano, digamos una ensalada de frutas, tendremos que pedir macedonia.  Pero si con un guineo nos basta, habrá que hacer un esfuerzo y pedir un plátano.  Guineo, abreviación de “plátano guineo o de Guinea”, es palabra desconocida fuera de algunos países caribeños. Aquí se llama plátano, y –para que no queden con la duda– nuestro plátano pasa a ser “plátano macho” o “plátano grande”, aunque todavía es una realidad muy reciente, introducida para satisfacer el paladar de los latinoamericanos que aquí residen. 

Y satisfactoriamente concluido nuestro desayuno, salimos a caminar, para ir digiriendo comidas y palabras, y crear apetito para el menú de la comida...

(Publicado en El Nuevo Día el 24 de julio de 2005)