Valga la redundancia

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Con mucha frecuencia, las personas usan la expresión “valga la redundancia” cuando piensan que han repetido algo innecesariamente y quieren hacer constar que son conscientes de ello.  Por ejemplo: “lo responsabilizó de ser el responsable, valga la redundancia”, “este importante documento, cuya importancia, valga la redundancia, fue destacada”.  La frase también puede anunciar una repetición inminente e inevitable, ya consumada en la mente del hablante: “el límite de personas fue impuesto, valga la redundancia, para limitar el acceso”.

La supuesta redundancia radica en dos palabras que no solo tienen un significado relacionado, sino que comparten una forma similar.  De hecho, lo que más abochorna no es la repetición semántica, sino la morfológica: “responsabilizar al responsable”, “importante documento, cuya importancia”, “un límite que limita”. 

El hecho es que la lengua es redundante, aunque de maneras sutiles y complementarias.  Los significados hacen eco unos de otros constantemente en el discurso.  Decir: “un límite que controle o restrinja el acceso” es más elegante o variado que “un límite que limite el acceso”, pero el significado general es el mismo.   

Veamos ahora el uso consciente y deliberado –y nada penitente– de la frase que nos ocupa.  Un ejemplo de la escritora chilena Marcela Serrano: “Es una blasfemia nombrar el nombre, valga la redundancia”.  ¿Es tan redundante “nombrar el nombre”?  No, la autora lo sabe y juega con ello.  La diferencia en categoría gramatical (verbo y sustantivo) distancia los sentidos.  En el discurso corriente, buscaríamos sinónimos de “nombrar”, como “pronunciar”, “articular” o simplemente “decir”, para no sonar repetitivos, pero el significado general del enunciado sería prácticamente igual.

Otro ejemplo aparece en un reciente titular local: “El show del lunes estuvo ‘de show’, valga la redundancia”. Aquí la supuesta redundancia radica en la repetición de “show”, pero el autor sabe que el primer “show” significa ‘espectáculo’ y la frase “de show” significa ‘magnífico’ o...‘espectacular’.  ¡Oh no, un “espectáculo espectacular”!  Un editor cambiaría el adjetivo enseguida a “magnífico” u otro tremendismo, a menos que el autor subrayara su intención –como lo hizo aquel– con un “valga la redundancia”.

Entendamos que la lengua es redundante y que no hay que martirizarse (ni al mundo) diciendo “valga la redundancia” después de cada repetición involuntaria.  Entendamos también que la variedad de vocabulario, o “riqueza léxica”, es un verdadero tesoro, y que mientras más palabras tengamos, más ricos seremos.  Entendiendo esto, podremos variar –o repetir– las palabras tanto cuanto queramos, pero con plena conciencia.  

(Publicado en El Nuevo Día el 24 de febrero de 2013)