“Paupérrima pobreza”

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Así describió alguien la situación económica de la Isla en la radio noticiosa recientemente.  ¿Detectan algo particular?  Sí, además del pesimismo tremendista, la redundancia: “paupérrimo” es el superlativo de “pobre”.  La frase es equivalente a “pobrísima pobreza”.  Claro está, el que “paupérrimo” mantenga una forma antigua, cercana al latín “pauperrimus”, puede haber ocultado la relación con “pobre” ante los ojos (o, mejor, oídos) de este hablante.

Aunque ese es un caso singular, nos da pie para hablar de la redundancia, un aspecto del idioma más natural de lo que imaginamos.

El tema se ha estudiado principalmente en la literatura, con énfasis en los epítetos.  Algunos epítetos aportan una cualidad inherente al sustantivo: “blanca nieve”, “noche oscura”, “pasión desbordante”.  La nieve siempre es blanca, al menos hasta que llegue al suelo, ¿no?  Otros expresan una generalización o un estereotipo cultural: “vistoso plumaje”, “veneno mortal” o “mansas ovejas”.  Estos se acercan a los clichés: nombran rasgos que no son esenciales en los nombres, pero que les atribuimos por costumbre.  Un veneno que no mata no deja de ser veneno, ¿verdad?

“Nunca digo cosas tan trilladas”, pensaremos, porque tradicionalmente se ha censurado la redundancia.  Pues resulta que, en la lengua común, la redundancia ocurre con tal frecuencia que demuestra ser un fenómeno natural.  Es normal combinar “frenazo” y “viraje” con “brusco”, aunque ya lo sean, o decir “resumir brevemente”, “imponer abusivamente” o “terminar por completo”, aunque repitamos información. 

El lingüista Ignacio Bosque ha dedicado atención a este tema y acuña el término “concordancia de rasgos léxicos”, buscando también liberar al fenómeno de su estigma.  Por analogía con la concordancia de rasgos gramaticales (como el género y número), la frase expresa la tendencia del idioma de “parear” componentes de sentido.

Veamos combinaciones menos obvias, como “ordenar alfabéticamente” y “cumplir una ley”.  “Alfabéticamente” ya significa ‘en orden alfabético’ y “ley” ya es un objeto de cumplimiento.  Y ¿qué de “leer un libro”, “escribir un texto”, “solucionar un problema” y “revelar un secreto”?  No hay otra manera de decir estas cosas.  Estamos ante la naturaleza de la lengua.   

Así que la próxima vez que usted “suba p’arriba” o “baje p’abajo” o “vea algo con sus propios ojos”, sepa que se está manifestando perfectamente como un hablante del español.

(Publicado en El Nuevo Día el 23 de octubre de 2011)